La verdadera pregunta no es «¿aplicación o hoja de cálculo?». Es: ¿qué herramienta seguirás utilizando dentro de seis meses?
Las aplicaciones tienen ventajas reales: sincronización bancaria automática, una interfaz móvil bien diseñada y solo diez minutos para empezar a usarlas. Pero esa misma automatización es a menudo lo que hace que acabemos abandonándolas. Cuando tus transacciones aparecen sin que tengas que hacer nada, te limitas a leer tus gastos en lugar de sentirlos. Abres la aplicación una vez al mes para constatar los estragos, te prometes estar más atento y el ciclo vuelve a empezar. Por no hablar de que tus datos bancarios pasan por servidores de terceros cuyo modelo de negocio merece ser analizado con atención.
Una hoja de cálculo requiere diez minutos a la semana. Esa ligera fricción es a menudo lo que distingue a alguien que mantiene su presupuesto durante dos años de alguien que lo abandona al cabo de tres meses. Introducir una transacción es procesarla, no solo leerla.
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